Hoy es mi cumpleaños

Hoy es el día de mi cumpleaños y no soy practicante. Me he despertado muy temprano, bueno, eso no es verdad, en realidad, es que no he podido dormir casi durante la noche. He dado un beso suave a mi mujer y a mis hijos y he salido sigiloso de casa para no despertarles. Las calles, ya se sabe, están en silencio a esas horas, estremece el ruido del motor de cualquier vehículo, incluso el de un híbrido que pase cerca, y las luces de los semáforos parpadean ansiosas de que llegue el día para poder lucirse con todos sus colores. Hoy es el día de mi cumpleaños y el de mi hermano Xabi.

Estoy solo, sentado en el tercer banco de la iglesia, el sacerdote que hacía guardia ha comprendido mi extraña visita y ha encendido unas pocas luces en el altar mayor para que me sintiera más cómodo. Las vírgenes y los santos de mi alrededor dan vueltas en mi cabeza en una especie de danza descabellada con sus túnicas volando vertiginosamente como si fueran murciélagos. Tampoco sonríen. Yo intento no hacerles caso porque desconozco las costumbres de los murciélagos y de los santos, o mejor dicho, desconozco las de los murciélagos y he olvidado las de los santos. Me mantengo en silencio. Cuando han vuelto a sus pedestales miro al Buen Pastor, allí arriba, de pie dentro de su hornacina escasamente iluminada por el párroco —Sé que era el párroco porque él mismo me lo ha dicho, y me ha explicado que estaba allí porque el sacerdote al que le tocaba hacer la guardia era un anciano y ese día, que llovía, le había excusado de levantarse tan temprano. —Me ha parecido bien— . Observo a Jesús, el buen pastor, con su oveja preferida. Los observo sin decir nada. Unos segundos más tarde, me doy cuenta de que me voy encolerizando y no puedo evitarlo. Necesito acusarle y no me atrevo.

—Hijo mío, tienes que ser siempre agradecido a la vida —me decían—, Dios nos la da y Dios nos la quita—.

Dejé de estar de acuerdo con aquella frase desde el mismo día que murió mi hermano.  —Aunque todavía tengo que reconocer que mi vida es un regalo sin que yo entienda muy bien a quién debo de agradecérsela, además de a mis padres—. He sido respetuoso con las leyes y con el ejemplo que he recibido de mis mayores hasta hoy, y es lo que intento inculcar también a mis hijos. Pero, después de muchos años, que no sé cómo se puede perdonar a un dios, siento la necesidad de encararme con él y acusarle de que me robó lo que más quería y que sigo sintiéndome como si fuera la mitad de mí mismo. Que no sé si soy capaz de olvidar la faena que me hizo el día que el camión aplastó a mi hermano. 

Agarraba la mano de mamá pensando que, en cualquier momento mi hermano aparecería, se agarraría  de su otra mano y nos marcharíamos juntos los tres a casa.
Evitaba mirar a nadie, no quería besos ni abrazos de esos pegajosos que dan los mayores a los niños intentando consolarles o hacerles sonreír. Mantenía mi cabeza gacha, había admitido salir a la calle con aquella horrible gabardina, sin capucha para la lluvia, que había sido de mi padre, con la que mamá —por no desprenderse de ella porque, según decía, era de muy buen tejido—, había cosido dos pequeñas, iguales, para nosotros. Admití ponérmela aquel día aunque me sentía como un fantasma. Pero, desde que no estaba mi hermano, yo procuraba no hacer llorar a mamá, así que, en principio, casi siempre hacía lo que ella decía.

No entiendo por qué mamá y yo no nos marchamos de allí al terminar la misa. Ella quiso quedarse a recibir el pésame de los presentes y además que yo estuviera con ella, quieto, a su lado. Yo entendí que necesitaba mi protección y, curiosamente, me sentí importante, Las telas húmedas de las chaquetas y gabardinas de la gente me rozaban la cara al ir a abrazar a mi madre. Desde mi altura yo solo veía los zapatos recién embetunados y brillantes de los que se acercaban a acompañarle en el sentimiento. Un movimiento extraño, un leve presión de su mano me hizo levantar la mirada y la vi. Laura venía despacio por el pasillo cuando ya no quedaba prácticamente nadie en la iglesia. Ella sola. Le seguían a cierta distancia sus padres. No puedo decir de qué color eran sus zapatos o si eran de charol, ni si llevaba sombrero ni collar de ámbar colgando de su cuello sobre su pecho, ni lazos de raso rodeando su cintura cayendo sobre su vestido almidonado, como cuando coincidíamos los domingos en la misa mayor de las doce. Descubrí que su mirada había perdido el brillo que yo recordaba, que su melena larga y rubia caía oscura y lacia por sus hombros deshilachándose sobre la espalda en largas tiras tristeza. —O, quizás era yo el que lo imaginaba—. No nos dijimos nada, nuestras madres se besaron. Mamá lloraba muy suave cuando se dirigió a mí, y abrazándome, me dijo con su voz debilitada; hijo, vámonos a casa.

La tía Úrsula, que era religiosa, no se separaba de nosotros. Había pedido un permiso en el convento para acompañarnos y cuidar de nosotros, al menos, durante los primeros días de duelo. Mamá se negaba sin fuerzas. En un momento de despiste de mi tía, tiré de la mano de mi madre y al oído le dije que quería estar solo con ella. Recuperó un poco su determinación —De hecho, creo que fué aquella una de las más bellas sonrisas que le he visto dirigirme a la cara desde que tengo uso de razón— y consiguió hacerle comprender a la tía, que necesitábamos estar juntos los dos, y solos—. De nuevo sentí que yo era importante, especialmente para ella—.

No fui al colegio los días siguientes. Todos me parecían días de fiesta aunque no teníamos nada que celebrar. Los amigos llamaban al timbre de casa por las tardes para que saliera a jugar con ellos, pero, cuando lo oía, me escondía debajo de la cama porque sabía que mamá vendría enseguida a avisarme, por si acaso no me había enterado. Yo lloraba y le decía que me dolía la pierna y que no podría correr. Me miraba con una mueca simpática de incredulidad, como para hacerme dudar, pero me lo consentía todo. No quería comer. Ni tan siquiera quería la merienda, hasta que conseguí que, de acuerdo con el médico, me metieran en el cuerpo fuertes dosis de jarabe de hígado de bacalao porque, solo así se conseguiría que recuperara el ánimo y las fuerzas. Ver a mamá que compartía conmigo el asqueroso líquido oscuro de aquel horrible y pegajoso frasco me hizo más soportable la medicina, además, porque la farmacéutica me había dicho en secreto, que también ella la necesitaba.

Hoy es mi cumpleaños y el recuerdo más fuerte que tengo de mi vida de niño, aparte del día de la muerte de mi hermano, es el del primer día que salí a la calle para volver al descampado a jugar con nuestros amigos.

—¡Xabi!, ¡Xabi!… —corrían emocionados todos a mi encuentro.

Su nombre, aquel sonido sibilante, que en otras ocasiones había relacionado con la música, se clavaba en mi pequeño estómago como una fina cuchilla cortante, cada vez que lo escuchaba de aquellas voces inocentes, paralizándome. A duras penas había conseguido mantenerme en pie mientras me abrazaban. —Si hubiera sido yo, solo hubiera deseado el abrazo de Laura—, pero, aquel día, Laura se había quedado apartada del grupo, mirándome con el azul de sus ojos apagado, y yo me quedé callado, compungido, sin saber qué hacer.

—¡Venga Xabi!, que te estábamos esperando, a qué quieres que juguemos hoy —dijo Tontxu con falso desparpajo, para conseguir animarme.

Los demás, poco a poco fueron uniéndose a su iniciativa. Mientras se ponían de acuerdo en por qué juego íbamos a empezar, mi ánimo volaba como una paloma blanca hacia el cielo. Allí estaba mi hermano y sentí que me guiñaba un ojo.

—¡Vamos!, —escuché que me decía con voz muy baja como si estuviera a mi lado susurrándome al oído.  Sentí el poder de su fuerza en aquellas palabras alentándome a que siguiera el juego. Pero, esta idea, como un destello sobrenatural, consiguió desestabilizarme por completo, y me caí al suelo, desmayado. En urgencias le dijeron a mamá que solo había sido un susto porque me estaba quedando muy débil. Nada importante.

Yo escuchaba, sin decir nada.

@mjberistain
imagen baudelarte blogspot


12 comentarios sobre “Hoy es mi cumpleaños

  1. Beris, Eres buenísima, qué maravilla de relato. Tiene mucha fuerza, es vivo, dinámico, sensible, emotivo…y está escrito de cine. Beris, Beris, tomatelo en serio. Qué capacidad y soltura. De verdad, me encanta. Piensatelo en serio, muy en serio. Busca un tema de interés y dale, dale fuerte.

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