El costado de la Trini

 

Había perdido la noción del tiempo y de lo ocurrido. ¿A dónde iba?. ¿De dónde venía? No sabía contestar a las preguntas del camillero que le acompañaba, tampoco tenía ganas de sonreirle. Quizás si hubiera sido una mujer…  No, no, tampoco lo hubiera intentado.

Hastiado. Esa era la palabra más próxima que se le ocurría pensar para la situación en la que le había colocado ella. Había conseguido zafarse de sus arrumacos, tan poderosos y posesivos, tan extenuantes después de toda una noche de sexo, hierba y garrafón de agua, —lo del agua era porque hacía ya unos meses que no probaba una gota de alcohol, a alguien le había prometido que lo dejaría—. Y aquí se encontraba, —después de haber empotrado su seiscientos nuevo contra un muro— en una camilla cubierto hasta el cuello con una sábana amarillenta que probablemente a alguien se le había olvidado echar al carretillo de la lavandería el día anterior.

Sus pensamientos comenzaron a dispararse en sentidos opuestos. Mariano era un hombre que alardeaba, aunque discretamente, de ser una de las pocas personas —que conocía— que tenía las ideas superclaras. Nunca reconocería ante nadie que en determinadas ocasiones se dejaba influenciar por las opiniones de otros aunque ello, a la larga, le llevara a arrepentirse siempre. Era un hombre  fino, le gustaba cuidar su lenguaje, sus maneras y los detalles ante sus amigos y también en su vida social. Había dejado de fumar y recientemente se había hecho la promesa de dejar su adicción al chocolate. En fin, que ya no sabía de qué más prescindir para seguir considerándose el héroe que siempre quiso ser ante el común de los mortales. Pero no, no en absoluto. No estaba dispuesto a dejar de follar. Y decía follar porque lo de hacer el amor era para los débiles de espíritu, no para hombres libres como él.

Entreabrió los ojos cuando sintió que la camilla se movía pero no supo orientarse, no comprendía si iba hacia adelante o hacia atrás, lo cual, aquella falta de orientación, le descolocaba más aún. El camillero le tocó el brazo y le dijo con solemnidad:

—Señor, supongo que está usted preparado… van a ser unos segundos y empezamos.

En su interior se activó un resorte de terror. No podía hablar pero sintió una súbita repulsión al olor a orina rancia de aquel pasillo. Y quiso rememorar, para contrarrestarlo, el aroma de la Trini cuando en sus mejores momentos solía dormirse apostado a su costado. Estuvo a punto de que se le saltaran las lágrimas. ¿Qué demonios estaba pasando? Un ácido sabor a vomitina le produjo una arcada y no pudo evitar expulsar una bocanada de babas espumosas sobre la sábana amarilla. Lo habían aparcado en una sala sencilla, solo tres paredes blancas iluminadas por una bombilla de luz mortecina colgando del centro del techo, y en la cuarta pared una ancha puerta, cerrada. Estaba a punto de desmayarse, lo notaba, y su único pensamiento era no dormirse porque pensaba que si se abandonaba moriría irremediablemente, y aquello no entraba en sus planes para aquel día.

Le deslumbró la gran lámpara del quirófano y sintió el pinchazo en el brazo izquierdo mientras se le nublaba la cara de la anestesista en una mueca estúpida.

Cuando despertó y, con bastantes dificultades vislumbró a la enfermera que a su lado le acariciaba la mano izquierda, hizo un esfuerzo ímprobo por comunicarse con ella a pesar de su conciencia adormilada y consiguió decir:

—Perdone, pero me gustaría miccionar.

 

@mjberistain


 

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