La castañera

 

Es Enero, esta noche es luna llena. Las tribus indias la llamaban luna de hielo, luna vieja o luna del lobo porque era cuando los lobos aullaban más en las zonas cercanas a las aldeas.

Hace frío, camino protegida por un abrigo raído que heredé de mis hermanos mayores. Es gracias a que llevo una gran bufanda y un gorro de lana que tejió alguna de las abuelas que tuvimos, y a las que yo no conocí porque soy la menor de diez hermanos, que escapo del destemple que me hace llorar cada vez que se levanta una racha de viento y azota la ciudad. Llevo días sin comer apenas, solo castañas. Si puedo, evito ir a las parroquias a pedir, supongo que tienen otras emergencias. Al fin y al cabo yo estoy acostumbrada a vivir así.

Estoy en tratos con el señor Manuel, el de la esquina de la Catedral, para sustituirle cuando se jubile. El hombre está muy abotargado ya por el efecto de la “quimio” y la radioterapia, y siente que le quedan pocos días. Aunque vive solo, le da pena morirse porque todos los inviernos, desde que no está su padre, ha abierto el pequeño puesto de castañas con el que se ha ganado la vida y le ha hecho muy feliz. Desde que le conocí en Nochebuena, le visito cada día. Hemos llegado a tener una bonita relación de amistad. Yo le traigo castañas que he ido acumulando en un saco durante el otoño. Últimamente va necesitando menos cantidad porque la gente ya no consume como cuando empezó en esta profesión. Ahora se compran castañas por capricho y porque son baratas —diez castañas por un euro—, ya no se consumen por necesidad de calentarse las manos y el estómago como era entonces. Don Manuel las mantiene, revolviéndolas de vez en cuando con su vieja espumadera negra, calientes y crujientes para cuando algún cliente se acerca a su caseta. Aprendo muchas cosas con él, me enseña a preparar las brasas, a cortar y asar castañas, a ser amable, a sonreír a las personas que pasan alrededor, a no ser huraña a pesar de que mi vida siempre haya estado rodeada de negro. Él está convencido de que llevo una luz muy especial dentro de mi corazón y eso es lo que me va a servir para ser feliz de aquí en adelante, pero tengo que aprender a sonreír —me dice siempre, con la inmensa ternura de sus ojos también negros—. Y él, cada vez que pasa alguien cerca de nosotros, me da un pequeño empujón con su brazo para recordármelo. Eso sí que me hace sonreír. Es un hombre bueno Don Manuel. Cuando le conocí le ofrecí mi cuerpo a cambio de un poco de dinero y se negó. Cerró la caseta y me trajo un bocadillo caliente del bar de al lado. A mí también me da pena que se tenga que morir ahora. Es como un ángel de la guarda conmigo, ahí enrollado en su gran abrigo negro, con sus manos hinchadas y rotas, llenas de heridas que oculta debajo de sus gruesos guantes de lana. Ahora prefiere que sea yo quien prepare los conos de papel de periódico con las castañas calientes para los clientes, y él se ocupa de guardar el dinero en una caja negra que, según me explicó, era madera de ébano que le había traído un cliente de uno de sus viajes a la India—, porque a Don Manuel le gusta trabajar la madera en sus ratos libres. Hoy me ha regalado sus guantes cortados que, como me quedan tan grandes, me abrigan mucho. Me ha permitido darle un abrazo.

—¿Por qué te marchaste del pueblo? Allí tendrías comida y trabajo en la granja, con los animales y la huerta, y seguramente con el cariño de tus hermanos.

Don Manuel espera que le conteste, aunque le hago una mueca de contrariedad.

Después de lo que me está ayudando creo que le debo una explicación, así que un poco a mi pesar le explico que me escapé de la escuela porque la directora decía que me quería. Cuando se terminaban las clases me llevaba a su despacho y me pegaba.

—Ay, niña, —dice, moviendo la cabeza a un lado y al otro Don Manuel— algo mal habrías hecho…

—No, Don Manuel, se lo prometo. Ella decía que era para que aprendiera a portarme como una buena mujer, y que si no me servían sus golpes aprendería con los que me iba a dar mi marido cuando me casara si seguía siendo tan terca.

—Mis hermanos se reían de mi, yo era la única chica de la familia y me hacían ocuparme de la casa y de sus cosas porque no teníamos padres. Mi madre había muerto durante mi parto y mi padre se ahogó, unos años más tarde, intentando salvar a la gente durante la gran inundación que arrasó la comarca.

Don Manuel se calla cuando hablamos de estas cosas, y su mirada se pierde en la nada y yo entonces no sé lo que piensa, pero estoy segura de que tiene que ser algo bueno.

—Mañana —me dice— tendrás que abrir tu la caseta, están las llaves y toda la documentación en orden en el fondo de la caja negra. Abrígate bien. Ocúpate de abrir las castañas, acuérdate cómo; con un par de cortes como si fueran cruces mientras prende el fuego y preparas las brasas. Haz bien las cuentas cada noche. No tengas prisa, despacio pequeña, tienes toda una vida por delante…

Hace frío mientras camino hacia el albergue. Acaricio la cabeza a un perro lobo que parece perdido y que ladra lastimosamente al lado de un banco vacío. Una luna de hielo ilumina la plaza y la caseta en la esquina de la Catedral.

 

@mjberistain
Fotografía de Macarena Azqueta


 

 

8 comentarios sobre “La castañera

  1. Leyendo he recordado mi niñez, cuando se recogían las castañas directamente en el castañar, abriendo “los erizos” donde se resguardan con ambos pies para no pincharse las manos, y casi siempre con lluvia. Luego había que mirar de las remesas que se iban guardando las que tenían gusano; si había agujerito en la piel es que había premio. También había que quitarles la piel si no se hacían asadas, faena que personalmente detestaba. Ahora, efectivamente, eso forma parte de los devanes de los que ya vamos acumulando edad como para ver aquello desde una distancia peligrosamente distante. Buen relato.

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    1. “Un poco marrón oscuro…” bueno, detrás de la figura de la castañera siempre he pensado que tenía que haber una historia interesante y muy humana. Un abrazo. Agradezco mucho tu comentario.

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