Pequeñeces de la vida

 

Me encontré con este título en uno de los cuentos de Chéjov que leía una noche a altas horas de la madrugada. No me preguntéis la hora concreta porque no tiene ninguna importancia. Además, lo que voy a escribir con este título que tomo prestado, nada tiene que ver con su lectura. Voy a referirme a la historia de mi amiga Ani.

El día al que me refiero, y me refiero en especial a ese preciso día, ella estaba en casa, pensando cómo amortiguar el sentimiento de soledad que se le había incrustado en el corazón. Dejó el lavavajillas abierto, sin terminar de cargar. El resto de la vajilla usada estaba desperdigada por la encimera de la cocina y sobre la mesa en la que, hasta hacía unos minutos, habían desayunado todos juntos; ella, sus hijos y su marido. Mucho ruido, mucha urgencia, mucho estrés. Se secó las manos de nuevo en el trapo sucio de cocina —ya lo había hecho antes— y se echó hacia atrás los mechones de pelo que le colgaban por delante de la cara y que no le había dado tiempo a peinar todavía. Después se quitó las zapatillas, sintió el peso de la vida en sus hombros, el abatimiento instalado en su cuerpo y, sin saber muy bien por qué, se colocó delante del inmenso espejo del hall desde donde había despedido a su familia, como todos los días.

No podía con el mundo. Apenas había dormido aquella noche y entresueños se había visto ridículamente desnuda delante de un grupo de personajes de la alta sociedad que, ocultos tras máscaras blancas, la observaban en silencio. El ambiente era siniestro. Ella lloraba. Lloraba también en silencio, y sus lágrimas inevitables se desbordaban anegándolo todo a su alrededor.

Había estudiado mucho, mucho, pero nunca había estudiado el arte de interpretar los sueños. Recordando, pensó que en su llanto también había un cierto poder. Suspiró. Se irguió delante del espejo. Se dio media vuelta para mirarse de costado. Se sintió ridículamente sexy. Soltó una carcajada. Se rió de sí misma, de las tonterías a las que le estaba conduciendo su absurdo sentimiento de soledad. Le hizo una mueca horrible al espejo riéndose también de él, despectivamente. Cerró la puerta de la cocina de un portazo para no ver el desorden que no estaba dispuesta a solucionar en aquel momento. Abrió de par en par las puertas del dormitorio que daban a la terraza. Necesitaba respirar el aire fresco de la mañana. Hacia días que no aguantaba bien el aire viciado de los aromas familiares de las noches. Afuera se extendía un silencio negro. Tenía muchas horas por delante hasta volver a encontrarse con ellos. Y los camiones de la basura, ni los repartidores de verduras y frutas ni los almaceneros, ni los viajantes, ni por supuesto los estudiantes habían aparecido todavía. Se sintió como una reina destronada en el silencio. Se abandonó, sentada de cualquier manera, en una de las sillas que se habían quedado en mitad de la cocina. Miró a su alrededor. Y tomó la decisión. Y volvió al hall a contárselo al espejo. Lanzó su melena desaliñada hacia un lado con un movimiento brusco de cabeza y le espetó: “soy la reina del silencio; y aquí mando yo”.

Se asomó a la barandilla, un poco más allá —pensó— sería más seria la escena. Dejarse caer, sin más.

Por encima de su cabeza rozaban el aire las grandes alas de los buitres leonados, majestuosos, sin hacer apenas ruido, volando en círculos casi concéntricos, esperando el momento oportuno para bajar en picado hacia el valle. Los observó durante un buen rato, parecía haber olvidado, por fin, que en algún momento tendría que volver a casa, porque, de verdad, ¿qué se esperaba de ella?. Conectó la radio del coche y dejó abiertas las cuatro puertas. La música fluía densa y piadosa entre los chopos y los cipreses, lenta por sus venas, por los caminos que la llevaban a ninguna parte. Se estrechó con sus propios brazos y sintió un escalofrío amable, deseó quedarse inmóvil para siempre en aquel lugar.

Sentía un amor profundo por su familia. De eso no tenía ninguna duda. Pero había perdido su propia brújula, se había esfumado entre la maraña de obligaciones y responsabilidades con las que debía de enfrentarse cada día a la vida. Subió el volumen del aparato de radio del coche y se sentó en la hierba con la espalda apoyada en una gran piedra.

Aspiró profundamente. Olía tan bien…

“La felicidad no existe. No debe de existir, y si la vida tiene un sentido y un fin, este sentido y este fin no son ni mucho menos nuestra felicidad, sino algo más razonable y grandioso. ¡Siga haciendo el bien!”… recordó que le había dicho su psiquiatra el viernes pasado al terminar la sesión, justo el día que había decidido no volver a verlo nunca más. Odiaba sus frases estereotipadas.

Sintió un dolor agudo en el pecho como el de un corazón anhelante de volver a oír las voces de sus hijos al llegar a casa, verlos llegar sofocados y sonrientes o fríos deseando su abrazo para calentarse en su pecho maternal unos segundos. Anhelante de volver a sentir en sus labios el jugoso sabor del beso del hombre al que amaba desde que era una niña. Quiso acurrucarse junto a ellos en el sofá de salón como tantas noches, y deseó, con toda su alma, quedarse para siempre en aquel lugar…

@mjberistain


 

 

5 comentarios sobre “Pequeñeces de la vida

  1. Sentir, respirar y apreciar lo que tenemos, a veces la soledad nos quiere desplazar, ahogar en su silencio, su protagonismo puede a veces desaparecernos, asi que solo debemos aprender a administrarla nosotros a ella, disfrutarla de cuando en cuando para que solo nos recuerde y nos renueve las ganas de seguir viviendo. Hermoso relato, me encantó.

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