La carta

La carta era un objeto convencional. Sobre blanco apaisado en el que constaba la dirección del destinatario del mensaje. Que no era ella. Pero sí era su dirección. Hoy estaba dispuesta a concederle la última oportunidad.

Volvió a mirar el papelito que había sacado de la máquina expendedora de tickets. Si, no se había equivocado, quería enviar una carta, pero previamente intentaría confirmar la dirección. Su turno era el R077. Y volvió a olvidarse de él. Miró repetidamente a la pantalla que, colgada del techo iluminaba, en grandes caracteres, el número de ventanilla y el turno correspondiente —parecía imposible ignorarlo—, pero ella volvía a olvidarse de nuevo. La espera se estaba haciendo realmente larga y aburrida. La señora a la que atendían en la ventanilla número cuatro no parecía saber qué quería en realidad, ni sabía expresarse bien. El funcionario tipo dinosaurio que se desperezaba al otro lado del mostrador, tampoco tenía ganas de esforzarse lo más mínimo aquella mañana; ni por ella ni por nadie. El crío que acompañaba a la mujer que esperaba en la ventanilla número dos, daba vueltas sin parar tocándolo todo con sus dedos grasientos. Tenía que reconocer que aquella escena le estaba poniendo muy nerviosa. Ella intentaba no mirarlo porque le causaba pena o asco —no lo llegaba a tener muy claro—, el caso es que hubiera dado cualquier cosa por despachar ella misma a la madre del crío de aquella ventanilla, solo para quitárselo de la vista. Podría tener entre ocho y diez años. Debía de pesar doscientos kilos, y comía desesperadamente algo de lo que solo quedaban migajas en un paquete de celofán brillante, y también, desparramadas por el suelo de la oficina de correos. Eran, sin duda, alguna de esas porquerías que se venden como churros en cualquier tienda de chuches de barrio o incluso en lujosos supermercados, como si se trataran de una exquisitez recomendada para menores. ¡Lamentable! —pensó—. Miró al gran reloj digital, también colgado del techo que hacía un ruido escandaloso cada vez que en la placa que marcaba la hora, pasaba un minuto más. Las gafas del niño eran enormes, no tanto como su cara. Detrás de ellas, una mirada aviesa, antipática, lanzaba flashes de insolencia a los que le miraban moverse por la oficina de correos que, a estas alturas, ya se estaba convirtiendo en algo siniestro, a pesar de los esfuerzos de los decoradores por incorporar la luminosidad del amarillo en los rótulos, en los muebles y en los cristales.

No podía evitar mirarle con cierto odio a la supuesta madre de la criatura. Pensó que podría acercarse discretamente a ella, alertarle de que un niño en aquellas condiciones era un peligro no solo para su propia salud, sino también para la de su madre y su familia y para la seguridad social en el futuro…

¿Se atrevería o no? ¿O su buena intención era únicamente porque estaba ya harta de la escena y de la espera? Tampoco tenía el conocimiento médico o científico suficiente como para explicarle a aquella mujer que debería de poner a su hijo en tratamiento con un médico especializado en obesidad mórbida. ¡Lamentable! —pensó—.

¡Dichosa carta! La había mantenido en casa intentando hacérsela llegar a su destinatario. Quizás contenía algún mensaje importante. Intentó varias veces localizarlo, pero la voz destemplada del contestador le prometía cada vez que le devolvería la llamada lo antes posible. Al no recibir respuesta, como último recurso intentaba, como disimulando, hacerla desaparecer. Pero se la encontraba insistentemente en sitios en los que no se acordaba haberla dejado. Por otra parte, no se atrevía a tirarla hecha pedazos pequeños a la basura. Cualquiera que revisara los contenedores podría encontrarla y delatarla. Le quemaba aquella carta en su casa, pero no tenía ganas de volver a enfrentarse a aquella voz agria, con esa forma despechada de mentirle. La había colocado en el cajón de temas pendientes, la había ocultado entre las primeras páginas de la agenda a primeros de año, y ya había llegado noviembre. En algún momento se le ocurrió esconderla en la caja de cartón de color butano en la que guardaba los manuales de los electrodomésticos junto con las garantías y teléfonos de los servicios técnicos. Pero, aquella mañana había fallado el lavavajillas y la carta había vuelto a saltarle a la cara. Aquello ya le sobrepasó. Se imaginó quemándola en el fregadero y también se imaginó el espectáculo que se podía preparar si tenían que venir a su casa los bomberos por semejante estupidez.

Volvió a mirar con desesperación el papelito blanco, que para entonces ya estaba hecho un gurruño entre sus dedos, en el mismo momento en que la luz de la pantalla resaltaba la línea del R077. Se despertó de su soporífero aburrimiento e intentó, con su mejor sonrisa, dar los buenos días a la empleada que, medio oculta detrás de toda una parafernalia publicitaria, la esperaba al otro lado del mostrador. La empleada pesó la carta sobre una antigua balanza blanca. La aguja que debía de marcar los gramos apenas se movió. Con parsimonia se levanto y trasladó la carta a un pequeño peso, esta vez digital, que marcaba diez gramos y le facturó 0,50 euros…

Salió de la oficina de correos sintiéndose, de verdad, liberada.

 

@mjberistain


Nota:
Con todo mi respeto a las personas empleadas de las oficinas de correos por su profesionalidad. Esto es ficción y forma parte de mis “cuentos casi verdaderos”.

 

3 comentarios sobre “La carta

  1. Buen relato, María; del cual me exime de comentario el que nos dejó el buen Rubén aquí mismo. Su análisis es preciso y acertado y no creo que pueda agregar nada más inteligente a lo que él ya dijo.

    Un fuerte abrazo.

    Me gusta

  2. Me da la sensación de que desarrollas dos ideas. Tu personaje dentro de la historia hace un recuento minucioso del zoológico que bien describes, incluyendo al niño buffalo y la madre inconciente. Lo ve como si el ojo fuese una cámara. La otra idea que es la que utilizas para que el lector persevere es la duda, preguntas que nunca se contestan, qué dice la carta, porque no se había mandado, por qué la mantiene viva a pesar del tiempo transcurrido. Preguntas que no se contestan. Sin duda la idea es que el lector haga su propio cuento, y ponga el contenido y destinatario de la carta como desee. Todos tenemos una carta que no queremos mandar o que queremos pero el destinatario ya no vive donde antes. Excelentes tus descripciones y una prosa del alto vuelo. besos y rosas.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .