El color de la sangre

Relato de Rubén García García
publicado en su Blog Sendero el 6 de setiembre de 2011

Tenía el puñal de su mejor amigo en la parte izquierda del pecho. A su alrededor las chicharras y,  en la lejanía los coyotes firmaban sobre el silencio de la noche. Respiraba con dolor. Pensó que su agresor iría ya por el arroyo cuando sintió el chapoteo de la sangre en la batea de su tórax.

El escritor de historias detuvo de tajo la narración, se volteó irritado para mirar quién lo había tomado del hombro. Pero una boca depositó un beso en el lóbulo de la oreja y con voz suave le dijo:

—Soñé que escribías algo para mí.

Aún estaba molesto, pero la caricia le disipó el enojo y tomándola de la cintura le susurró:
— ¿Qué deseas, un cuento jocoso o algún relato serio?
—Prefiero el tono serio
—Digamos de color gris.
—No quiero nada gris. Deseo tonos azules, rojos o naranjas.
—Entonces sería un arlequín.
—No, que sea cielo, nube, gaviota; me asustaría si fuese de arlequín.
—Para hacer una historia así, necesitaré ayuda.
—Debes confiarte a tus sentidos.
—No basta.
—Traeré listones y cuando el aire respire, escucharás un suave rumor que llamará a las musas.
—No basta.
—Pierde la mirada hacia el horizonte y encontrarás en la curva del cielo la magia.
— Lo que necesito es una vara larga que me ayude a equilibrarme en la cuerda.

En los momentos que escribo pareciera que camino sobre un hilo que cruza un abismo; pero la cuerda se balancea y caigo. ¿Sabes? Una vez los duendes me obsequiaron una vara viva. Cada vez que cometía un error, me azotaba. Cuando inicié y cometí  el primer abrupto me lanzó al vacío y dijo con gravedad: “Uno más que deja de ser escritor” La miré desde abajo sin odio, sin rencor y le pedí que me permitiera continuar. He subido desde entonces noventa y nueve veces y en esa misma cantidad me ha arrojado.
No la detesto. Es un reto que me inspira a escribir mejor. Gracias a ella mis frases empiezan a tener música.

La última vez  que caminaba sobre la cuerda, había recorrido la mitad del precipicio, cuando cometí la imprudencia y ella, salvaje, me dobló el lomo con un golpe y se rió. Aún escucho: “¡Cuándo aprenderás!”  Lloré de impotencia; tragué el llanto. Respiré hondo para amortiguar la caída y desde allí, la miré con súplica, pero ella me gritó: “¡Quédate allá! ¡Busca otro oficio! Supe entonces comprender lo que quiso decirme: ¡Sube! ¡Tú puedes!

La vi sonreír por primera vez cuando vio mis manos entintadas de dolor y sangre y encontró que en mi podían  germinar sus enseñanzas.

Tendrás que esperarme. El escrito estará listo cuando logre cruzar el abismo.


 

2 comentarios sobre “El color de la sangre

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