La elegancia de una habitación vacía

Mathilda llegó a París con veinte años, después de haber vivido la muerte de su amigo Nick por una sobredosis de heroina mientras recorrían Europa. Era su viaje de iniciación y todo se truncó en un paraje ruinoso de la costa mediterránea, cerca de la frontera con Italia.

Quiso olvidar su última mirada, juró que nunca más lo nombraría. Su boca no podría olvidar, sin embargo, el último beso en sus labios frios.

Había subido andando los dos últimos pisos hasta llegar al ático porque el ascensor solo llegaba hasta el quinto. Mientras subía despacio, contando las escaleras, le dio tiempo a pensar en darse la vuelta e intentar buscarse la vida de otra manera. No podía imaginarse otra cosa a corto plazo y necesitaba empezar a sobrevivir.

Sonó el carrillón de la iglesia del cementerio en el que se había parado unos segundos a tocar el mármol de uno de los panteones. Frio. Pensó en él y quiso que aquella fuese la última vez.

Le despejó la ronquera del viejo timbre de bronce. Se ahuecó el pelo y se alisó el vestido negro que había comprado en un mercadillo de barrio para la ocasión. Correcta, sin más —pensó— en el instante en el que se abría la gran puerta de madera maciza y el hombre le tendía una mano a modo de bienvenida y le miraba con una sonrisa afable. Le hizo un gesto animándole a pasar a la única habitación de la casa.

Una habitación vacía, con luz natural. Una gran habitación de techo alto, con una sola ventana que daba al cementerio. Las paredes estaban pintadas de blanco puro, con el único ornamento de las tres tuberías que subian o bajaban por una de las esquinas.  Y una puerta (que probablemente daría a la zona de servicio). Nada más.

¡Ah, sí!. Una pequeña mesa con un flexo y algunos papeles sobre ella, dos sillas viejas de madera y un escaso camastro cubierto con una sábana blanca sobre el suelo de madera apolillado.

—Tranquila. Ponte cómoda, voy a poner un nuevo carrete a la cámara.

Y le ofreció una sábana blanca.

—Esto es muy sencillo. Haz lo que quieras —le dijo—. Yo solo estoy aquí para capturar algunos momentos. No poses. ¿Te gusta ser fotografiada?

Respondió conteniendo unas lágrimas ácidas que le corroían la garganta.

—Es mi primera vez.

—Tranquila, es muy sencillo. Solo tienes que hacer lo que quieras. No poses.

—Ya.

—Vamos a hacerlo muy fácil. Son las dos de la tarde. Estamos en una habitación vacía, el día es gris, la luz no es bonita. Imagina que estás sola en casa, humm… que es domingo y que esperas a alguien… o que no esperas a nadie, que estás escuchando música y que te encuentras de buen humor o nó, quizás estás malhumorada, cansada, o taciturna… Hay una silla, haz lo que quieras. Yo solo estoy aquí para captar algunos momentos. De vez en cuando puede que te haga algún comentario. Tu puedes hablarme o no hablar. Haz lo que quieras.

Mathilda se apoya de espalda en la pared, junto a la ventana, y deja caer despacio la sábana que hasta ahora ha cubierto su desnudez. Baja la cabeza y mira de soslayo hacia afuera, hacia el cementerio, no quiere mirarlo a él; piensa que no debe mirarlo. Trata de centrarse en la situación que él ha propuesto. No le resulta dificil mostrarse ahora abatida y deambular por allí. Ella y la luz. La luz y ella en aquella habitación vacía y blanca. Se mueve despacio, se para, se cubre con sus brazos, con sus manos, se sienta en el suelo, busca el contraluz, se esconde de la escandalosa luz directa. Está consiguiendo fluir en el espacio vacío. Escucha, de vez en cuando, como en un lejano eco, la voz serena con la instrucción precisa del fotógrafo: baja un poco la cabeza, quiero una mirada retadora, perfecto, mira con complicidad a la cámara, ahora mira hacia el suelo como ausente, acerca tu mano derecha a la ventana… un, dos, tres, cuatro…, bien, quiero captar ésto, espera un segundo…

Voilà!

 

(Recreación sobre el vídeo Jeanloup y el desnudo…)

 

 

 

Sieff cultura images

 

JeanLoup Sieff (1933-2000) fue un prestigioso fotógrafo francés de origen polaco.

Inicialmente trabajó en fotografía de prensa y más tarde se especializó en fotografía de moda, paisaje, retrato y desnudos. Fotografía siempre en blanco y negro resaltando los contrastes, y acentuando las formas. (Cherry Catalán – Cultura Inquieta)

Capta lo efímero y lo transforma en una realidad duradera.

“La belleza de una mujer está hecha de fragancias de verano en su hombro, de una mirada de claroscuro en sus ojos, pero también de una nuca frágil, de unas encías sonrientes, de una espalda arqueada y de unas nalgas curvadas”.

Así se explica JeanLoup la existencia de dios y a ella se entrega y rinde homenaje en su obra a las milagrosas curvas que le han inspirado.

Trabaja en una habitación vacía frente a un cementerio. Cuatro paredes pintadas de blanco puro. Es un estudio pequeño, vacío pero con luz, la luz está ahí, incluso cuando el día es gris.

“La fotografía es luz; todo es lo mismo…”

“La confluecia en el tiempo de una determinada luz y un determinado momento fugaz”.

“Algunas cosas te hacen reaccionar. El momento adecuado puede ser un detalle, una nuca o lo que sea. La fotografía está ahí para inmortalizar esa pequeña y tenue emoción provocada por un cuerpo o una determinada luz”.

Su obra está en el Museo Pompidou y en Museo de Arte Moderno en París, así como en el Museo Ludwig en Colonia (Alemania)

 

Sieff portadaimages

 

Fuentes: Cultura inquieta y Wikipedia.


 

 

 

 

 

 

 

 

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