La noche de los Gallos

La Albufera significa, según su origen árabe al-buhay-ra, el marecito o pequeño mar. En algunos poemas árabes se le denomina Espejo del Sol.

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La puesta de sol en la Albufera de Valencia es un espectáculo de serenidad, no puedo negarlo. Nos habíamos instalado a escasos kilómetros del pueblo El Palmar en el que Blasco Ibáñez situó su obra “Cañas y Barro”.

Era un día límpido y templado, así que caminamos hasta el Embarcadero a esa hora del día en la que el corazón está predispuesto a la calma. Nos juntamos allí con otras veinte o treinta personas, todos en actitud de contemplación silenciosa, sentados en el suelo de madera, algunos con los pies colgando sobre el agua, otros de pie o apoyados en el muro o en algunas de las estacas del pantalán.

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El contraluz iba definiendo la imágen de un tablado ocupado por sombras chinescas que aumentaban la magia del momento. Se escuchaba de fondo el rasgueo suave de una guitarra que llegaba de un grupo de jóvenes extranjeros, mientras en la laguna, muy despacio, iba recogiéndose la luz.

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Había una especie de fervor en el aire que invitaba a la quietud hasta que el sol terminó entregándose a la noche rojiza por el horizonte.

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El bosque estaba tranquilo cuando llegábamos a nuestra “reserva” ya oscurecido el día, todos los animales parecían estar dormidos, únicamente se escuchaba el chasquido de las piedrecillas del camino a nuestro paso. Había unos pocos faroles encendidos que aún nos animaron a acercarnos hasta el borde de los arrozales iluminados por la luna llena. Nos esperaba una noche perfecta…

pero corta… porque fue antes del amanecer, en realidad eran las cuatro cero nueve de la mañana, cuando comenzó la Noche de los Gallos.

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Tuve que reprimir mis instintos inconfesables, en varios momentos de aquella noche, contra los causantes de semejante escándalo, aunque finalmente opté por acercarme hasta el corral y presenciar, in situ, su juerga.

Leí en la revista Muy Interesante…

“Los gallos son aves territoriales que muestran su poderío y dominancia mediante los desafiantes cantos, que amedrentan a otros machos y atraen a las hembras. Si después de arrancarse con un potente cocoricó no hay respuesta, quedará claro quién es el amo. Sin embargo, como otro individuo del mismo corral conteste el reto vocal mostrando su candidatura al trono del harén, habrá pelea musical y, luego, física.

Los gallos repiten su canto muchas veces a lo largo de la jornada, sobre todo a mediodía, a media tarde y de madrugada, aunque es al amanecer cuando dan el do de pecho, para dejar clara su altiveza. También emiten un cacareo similar al de las gallinas, sobre todo cuando se disponen a copular o si encuentran comida, para avisar a las hembras.”

Y con ésta y otras historias fuí capaz de combatir el insomnio…

M.J.B

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