A corazón abierto

DSC_0002

Esta es una historia verídica aunque tal vez te parezca mentira. Mentir; mentir apenas a veces, mentir solo un poquito. Mentir nunca me lo permitieron cuando era una niña. Era uno de esos “valores” que debes de tener en cuenta si quieres llegar a ser una persona  digna de ser amada.

Desde mi pequeño peldaño al que me subía para parecer mayor delante del espejo, hacía méritos artísticos en solitario a esa hora de la merienda en que va oscureciendo el día y aparecen los duendes entre las hojas de los libros de física y matemáticas. De pié en mitad de la habitación, subida a mi banquito de madera, leía en voz alta párrafos en latín dándoles un sentido épico, porque era capaz de recitarlos pero no tanto de analizarlos y traducirlos -que era de lo que se trataba-.

Así fui convenciéndome de que aquellas pequeñas variaciones de la realidad -cuando reconocía haber hecho seriamente los deberes- no eran tan graves, de hecho no causaban ningún dolor ni trastorno a nadie, tenía la suerte de que tampoco se notaban en mis calificaciones escolares, casi siempre brillantes.

Nunca tuve un diario pero tenía un cajón.

Tenía una caja secreta debajo de mi cama, apretada entre el colchón y los hierros del somier y que, para que nadie la viera cuando limpiaban la habitación, estaba envuelta en un trozo de sábana vieja de los que se utilizaban para limpiar cristales y que nadie echaba en falta cuando desaparecía alguno. Al principio era una cajita plana de puros de los que fumaba mi abuelo Julián pero que fue transformándose con el tiempo a medida que la iba llenando de papelillos impregnados con signos y aromas de mi pequeña historia.

Aunque no dije ninguna mentira, sentí que mentía cuando, por primera vez en secreto, la escondí debajo de la cama. Más tarde, deduje que aquello no era una mentira sino que era un secreto. ¿Qué diferencia había entonces?. Buff, ¡todavía lo que tendría que aprender…!

Hace unos días, una de esas tardes en las que no pasa nada especial, sentada junto al fuego, me planté ante mí misma a corazón abierto. Tengo que decir que a estas alturas de la vida mi caja secreta se había convertido en un “Cajón Desastre” o, según como se mire, se había convertido en el cajón de mis desatres. De allí salían maltrechas cuartillas y fotografías dedicadas, servilletas de bares con raros dibujos o con dedicatorias escritas a mano, pétalos de flores planchados que conservavan el aroma de las rosas rancias, fotocopias de páginas de libros, páginas desgarradas de revistas de literatura y poesía y hasta suplementos de periódicos de color sepia —que claramente no sería el color original de los diarios de su época—.

Volver…

Mirar atrás y volver a encontrarme con el arsenal de emociones que han perturbado mis días y de las que —podría parecer hoy— he salido indemne.

¡Mentira!

Lo que queda de mí hoy son las cenizas de todas esas historias contenidas en mi cajón desastre. Lo admito con pena y con  gloria. Porque de algunas he salido airosa después de que hayan terminado, de otras con la satisfacción de que hayan terminado. Todas ellas están tatuadas de manera indeleble en la piel de mi corazón.

Beso con devoción mis recuerdos, algunos ya ardieron antes sin yo quererlo.

Lo decido, por fín.

Crepitan las lenguas de fuego con hambre feroz de historias remotas.

@mjberistain


Un comentario Agrega el tuyo

  1. pakdark dice:

    así es la vida, plena de recuerdos
    algunos perduran y otros
    en algún momento, arden en el fuego

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s