Conecting brain

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Tenían francamente difícil la tarea de entenderse, así que solo intentaban comunicarse fuera de las horas de trabajo. -Tengo que decir que en mi mente han convivido, como personajes bien distintos, mi vocación y mi profesión, aunque posiblemente del género femenino singular cada uno de los dos lados.

Se encontraban cada día al salir de la oficina y, de camino a casa, daban un largo paseo juntos por la orilla del mar. El trayecto lo podían haber hecho en autobús pero preferían hacerlo andando, así tenían más tiempo para acercar posiciones e intentar ponerse de acuerdo o al menos llegar a un consenso. Caminaban en silencio al principio, respirando el salitre que ayudaba a ir soltando la adrenalina acumulada durante la jornada de trabajo y, poco a poco, conseguían que se fuera ablandando y cerrando la brecha entre sus dos yoes hasta convertirse en una simple corteza de carne fresca rosada, lo que propiciaba la dialéctica. Al lado “serio” las palabras le servían para aseverar, no precisamente para negociar, aunque ese era el enfoque de su discurso, sino para dominar al otro lado de la mente; la exactitud era su norma y la búsqueda de la perfección su norte. El otro lado -mi lado preferido- disfrutaba de una buena dosis de inmadurez, su pensamiento era líquido e imprevisible como un mar de palabras regido por fases lunares, así que el diálogo entre las dos partes de mi mente podía dilatarse eternamente…

Justamente esta mañana cuando paseaba por el malecón del puerto entretenida en contemplar los barcos pesqueros, las txipironeras y los veleros atracados, he tropezado con un paraguas roto que alguien había abandonado en el suelo, inservible. No sé cómo pero he conseguido zafarme de él y mantener el equilibrio mientras mi lado “serio” miraba a mi “otro lado” de soslayo con una sonrisa irónica preguntándole: – ¿qué demonios hacemos aquí y ahora?

El viento llegaba a rachas y llovía sin compasión.

Desnuda en el aire se alzaba como una plegaria de siglos la locura: un presagio, una silueta en el vuelo de las gaviotas, una llamarada de amor en carne viva, el dulce sabor del dolor cuerpo contra cuerpo, el lenguaje del temblor en una noche de blues…

Por qué demonios estaba yo allí?

Quizás solo era por eso…, porque necesito estar cerca del mar cuando el tiempo se pone bravo y en algún rincón de mi carne suena la música de los mástiles y pierdo la verticalidad, se rompen los amarres de la luna… y solo la marea borra las huellas de las cicatrices de la memoria.

M.J.B.


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