Me gusta leer y escribir

Plumilla


En realidad es casi lo primero que aprendí en mi vida.

Bueno, aprendí otras cosas primero, a chupar, a tocar, a sentir… pero la verdad es que no tenía ni idea todavía de lo que estaba haciendo. Ah, también aprendí a escuchar y fué de una manera bien dictada por mi madre que casi no me dejaba respirar; tenía que “escuchar”. No oir, no, eso era otra cosa. Escuchar para entender y obedecer después. Así de sencillo.

Lo cierto es que me costó bastante tiempo y algunas palizas comprender aquello. Y así me fuí convirtiendo en una niña casi modelo (de aquella época). Llevaba una melena rubia y larga, siempre bien peinada, tenía los ojos azules… era una niña tímida pero cariñosa. Aprendí a leer muy pronto (no a hablar, por cierto) y lo que más me gustaba era jugar con mi aitá. Me enseñaba a dibujar letras con plumilla y una tinta que se echaba en un vasito de porcelana blanca. Hacíamos muchas letras y construíamos palabras y frases que parecían arañitas pero que no me daban asco. En fín que fuí una niña “aplicada”.

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Lo de la responsabilidad llegó también pronto porque claro ser la mayor de varias hermanas marca mucho. Siempre quise haber tenido un hermano, sí, he dicho hermano con o, para que fuese él quien parase el ímpetu joven de mi madre que yo creo que tenía vocación de maestra (de las de antes), y una cierta frustración por no poder ejercer profesionalmente fuera y la ventilaba en casa.

Por las mañanas, muy temprano, veía llegar a mi calle a las caseras montadas en carros llenos de verduras y frutas y flores, y legumbres y un montón de cosas más de sus huertas. Dejaban allí sus carros y sus caballos mientras ellas iban al mercado de San Martín a vender sus cosas. También traían leche de sus vacas en grandes marmitas y la repartían por el vecindario, casa a casa. A mi hermana no hubo manera de que le gustara aquella leche, le tenían que comprar una leche especial en la tienda de comestibles. Y lo que más me fastidiaba era que a veces ibamos a jugar a casa de los vecinos y allí le encantaba la leche que nos daban de merienda. Por cierto que era leche de la misma casera…

Me impresionaban los caballos que tiraban de los carros. Yo pasaba muy despacio acercándome mucho a sus tripas, que entonces era hasta donde yo alcanzaba, y estiraba mi brazo para tocar su piel esperando con cierto miedo su mirada de reojo. Yo creía que significaba que mi caricia le gustaba.

A mí me hubiera gustado ser caballo.

Pero ser un caballo alto y agil, no como aquellos de las caseras que venían ya agotados de andar varios kilometros para llegar desde los caserios a la ciudad. No; me imaginaba un caballo de piel sedosa, de crin larga y clara (algo así como yo pero en caballo) galopando por la orilla de la playa al atardecer cuando ya no quedaba nadie.

Soñaba que corría libre, cerca del sol que se desnudaba despacio, como a jirones, de sus ropas rojas, y se entregaba al mar para morir un poco otra noche. Yo no dejaba de mirarlo fijamente aunque me hacía daño en los ojos, pero sentía que algo bueno me pasaba por dentro. Mi galope se abandonaba a la bonanza de aquella luz ocre y brillante como de oro, y casi cerraba los ojos a la brisa que me rozaba. Soñaba que corría libre y jugaba con las olas, con los rizos de espuma que llegaban hasta la orilla. Libre con el mar jugaba a salpicar muy fuerte (con mis cuatro patas de caballo) con la alegría de un bebé cuando descubre que hacer txapla txapla en la bañera es el juego más divertido del mundo.

Y que nunca llegaba la noche…

M.J.B.


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