Camarón de la Isla

José Monge Cruz (1950 – 1992) era de San Fernando de Cádiz.

Conocido artísticamente como Camarón de la Isla o simplemente Camarón, fue un cantaor español, considerado un renovador del cante y una de las principales figuras del flamenco. 

A la hora de morir, lo hizo por siguiriya. Murió por siguiriya sin darse cuenta, sin pretenderlo y con la inocencia piafándole como un potro en la voz ya devastada por la cercanía de la muerte. Quizá toda su vida, todo su drama y todos sus éxitos se emborronaron en su memoria y sólo vió la imagen de Juana la Canastera, su madre.
Como un niño, a la hora de morir, y por unos segundos, habló por última vez y lo hizo con Maíta. Así: con el diminutivo con las letras esenciales. No madrecita (esa palabra tan dostoievskiana), no maresita, la palabra más afelpada del vocabulario flamenco. El desconsuelo puro, la pura infancia: las consonantes y las vocales imprescindibles: menos letras ya no es posible. La mendicidad pura: Maíta.

Durante el entierro, su amigo -su hermano- Rancapino que sí se había dado cuenta del significado de las últimas palabras de Camarón, susurraba obsesivamene: “Dios mío, hay que ver lo que dijo a la hora de morirse, “Maíta, qué es lo que tengo yo”. Rancapino había sido compañero de Camarón en aquella etapa en que el artista cantaba de limosna. Ambos subían a los autobuses de línea de Cadiz, San Fernando, Chiclana; ambos cantaban y luego compartían las monedas que les echaban los turistas. Rancapino: aquellos ratitos forman parte muy importante de vuestra alegría. Erais amigos, compañeros, hermanos.
Consuélate, Rancapino: el que ahora lloras se reía contigo al bajar de los autobuses de línea. ¿Lo recuerdas?

Recuerdo el último recital de Camarón. Fue poco antes de que viajara a Nueva York en busca de una curación imposible, Camarón cantó extraordinariamente. Llevaba ya la muerte puesta y no se le notaba en su cuerpo, sólo en su voz, como siempre había sucedido. La noche antes y en el mismo sitio había cantado Rancapino, que arrancó un taranto estremecedor. Cantó media hora; fue media hora absoluta. Encogidito, con los ojos cauterizados, Rancapino fue sacando los cantes desde el fondo de su inmensa y pudorosa sabiduría. Hacía tiempo que no escucábamos quejas tan solemnes, limosnas tan majestuosas, música tan exacta.

Eres muy grande Rancapino, no te quiebres ahora. Tienes mucho cante que dar, tienes mucho consuelo que entregarnos. Que Dios te bendiga Rancapino, hijo.

Unos meses después Camarón se moría. Han dicho que sus últimas palabras, su última interrogación, su último asombro ante la ferocidad de la vida, su último grito, consistió en regresar hasta la infancia. Posiblemente vio a su madre. Fue entonces cuando dijo “Maíta, que es lo que tengo…” Eso es lo que se llama una muerte por siguiriya: el puro desamparo y la pura inocencia. La soledad más absoluta, desde la que un hombre se encoge hacia la infancia para pedirle socorro a maíta. Incluso las palabras casi forman la siguiriya; “Maíta, qué es lo que tengo”; si les ponemos las letras que faltan, esas palabras son media siguiriya:

“Maresita mía
qué es lo que yo tengo”

Si nos dejamos caer al barranco de esa interrupción, allá en el fondo podemos encontrar la respuesta y el final de esa siguiriya:

“Maresita mía,
qué es lo que yo tengo
O estoy soñando una cosa mu mala
o me estoy muriendo”

Rancapino: arregla tú esa copla, corrígela, mejórala.Y cántala. Canta tú esa siguiriya, Rancapino. Nadie tiene más derecho que tú. ¿Hay en este momento un cantaor más esencial que Rancapino? No aseguro que no lo haya, pero me estoy haciendo esta pregunta en serio. Rancapino, hijo, no llores más. Cálmate. Cálmate y canta. Llora cantando, como lo has hecho siempre, desde la época de aquellos luminosos autobuses de línea donde comenzaba la vida…

Del último capítulo del libro de Félix Grande que titula: Paco de Lucía y Camarón de la Isla.

Fué un libro de preciosa edición de Lunwerg Ediciones que se publicó en homenaje a dos de los mayores intérpretes del flamenco de todos los tiempos. El texto es de Félix Grande y las ilustraciones de David González (Zaafra) autor granadino.


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