El rastro de la luna

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Ayer fue uno de esos días agotadores, intenso y positivo pero agotador, de esos que te dejan el cuerpo hecho un trapo y que finalmente, cuando consigues retirarte, tu mente sigue girando vertiginosamente alrededor de las escenas vividas y no hay manera de desconectarse.

Para colmo de males —quiero decir, de “bienes”— era el día señalado para contemplar por la noche la Blue Moon, así que vamos a decir que, socialmente, era de obligado cumplimiento poder registrar el momento para comentarlo por la mañana con la gente de alrededor, en lugar de hablar del tiempo.

¡Misión cumplida!. La luna llenaba todas los rincones de mi habitación por la noche, blanca —por cierto- la luna, no era azul como decían algunos. Se iba trasladando de una ventana a otra a lo largo de las horas… las dos menos diez, las tres de la mañana, las cuatro y cuarto, las cinco y media… Puaff…!!!

He decidido levantarme, harta ya de tanto trasiego y me he ido a correr por la playa sola para ver si conseguía refrescar mis ideas y relajar mis pobres músculos tensionados de tanto trajín. Nadie por aquí, nadie por la lejanía, sola entre el cielo y el mar, era como levitar en un desierto de agua escuchando las Cantatas de Gloria de Bach que las olas hacían llegar a los pies descalzos de la madrugada.

Y en la orilla el rastro de luna tendido en la arena… y yo.

 

@mjberistain
Fotografía Macarena Azqueta


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