El collar

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Trataba de componer una sencilla canción.

No quería que fuese algo especialmente romántico. En realidad quería hacer del reencuentro una celebración después de tantos meses de guerra y espera angustiosa. Esta vez quería algo alegre, divertido, algo así como para poder abrazarle sin que pareciera premeditado y marcarse un swing pegada a su cuerpo.

Había preparado algo de picar; unos panecillos especiales, un poco de jamón -se había preocupado de que se lo cortaran bien fino en la charcutería- y un vino especial que le había recomendado un amigo que trabajaba de sumiller en un buen restaurante francés. Dispuso todo ello sobre un pequeño lienzo de lino que colocó sobre el piano desvencijado heredado de alguna de sus tías. Lo mantenía afinado pero nunca sintió la necesidad de llevarlo a restaurar porque tenía mucho encanto así, con la madera vieja y los detalles de latón y su brillo desvanecidos. Le bullían cientos de ideas en su cabeza para ofrecerle un recibimiento, de alguna manera, sorprendente pero a lo largo de las horas había descartado todas ellas; unas por infantiles, otras por estúpidas o demasiado gloriosas, aburridas, torpes o porque le parecían el simulacro de una exquisitez que no les correspondía, ni a ella ni a él. Todas le parecían burdas y capaces de arruinar uno de los mejores momentos de sus vidas.

El llegaría cansado, el viaje habría sido largo y llevaban meses deseando este nuevo encuentro. Sabía que se había dejado barba, seguramente llevaría el pelo largo, esa melena plateada que tanto le gustaba despeinar con sus dedos deseosos cuando hacían el amor.

Se quitó el vestido, dejó colgar su collar preferido por su espalda y se colocó el sombrero de alas y camelias. Lanzó una mirada seductora al espejo y el contraluz le hizo sentirse especial. Se sentó al piano sin partitura, sus manos iniciaron una especie de danza caprichosa y lenta que ella dejaba suceder en su mente con los ojos cerrados. El atardecer doraba la habitación desordenada; un caos de partituras inacabadas volaban por el suelo al compás de las leves rachas de viento que se colaban por el balcón abierto…

Sintió el sigilo de su cuerpo, por diós, rozándole el collar, a su espalda. Sus manos, sin tocarla todavía, arrebatando el anhelo de su vientre, alumbrando un paisaje de sonidos y silencios sobresaltados alrededor de su cintura desnuda. Agotaron todas las palabras que les daban nombre, los verbos, los interrogantes, la música interrumpida entre sus muslos húmedos, hasta que la eternidad envolvió el placer último de sus cuerpos con un manto de luz de luna y una paz quieta se instaló en su vuelo…

 

@mjberistain
Fotografía cedida por Karlos Gimenez

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