El límite

Cloe

Si diera un paso más, sería el límite.

Se mueve con facilidad dudosa entre la muchedumbre que se precipita a su alrededor de un lado para otro; odia ese ir y venir de gente anónima y ese festival de semáforos  parpadeando fogonazos rojos, ambar, verdes, provocando un orden caótico por todos lados.

Se detiene en el paso de cebra y calcula los segundos que le quedan para llegar a tiempo… o no llegar nunca más.

Rojo, peatones, quieta, un momento quieta, piensa, respira… Una vez, otra, otra más, más hondo… hasta que se le escapa un suspiro procedente del hueco de sus grutas ingobernables.

¿Hacia dónde íbamos?

– El encuentro sería breve, el abrazo intenso, después un beso cumpliendo el rito cruel de otra despedida-.

Retrocede y vuelve sobre sus pasos. Se reconoce en las imágenes que proyecta el cristal sucio de una cafetería y reconoce que le gusta su aspecto, ese detalle difuminado, entre luces y sombras, de belleza evanescente. Ella.

Mientras se lavaba los dientes esta mañana, iba eligiendo del armario y tirando sobre la cama prendas de todos los colores que hubieran podido alterar de alguna forma su sobria manera de vestir, pero no había habido manera. Se detuvo en maquillar minuciosamente sus ojos. Tenían una tristeza sideral como la de algunos inviernos en el norte, pero finalmente había conseguido disimularla con un poco de rimel en las pestañas. Dejó a propósito su boca sin pintar. Sus labios… Pasó su dedo índice por los bordes dibujando sus perfiles -como solía hacer él-, estudió ante el espejo la piel rugosa de una mueca en el gesto de un beso que le hizo sonreir. Sabía que a él le gustaba su naturalidad; su boca con el sabor a ella misma. Decidió dejarse el pelo suelto y medio desordenado, naturalmente. Los zapatos rojos -última adquisición en Italia- fueron el único contraste a la elección inviolable del traje sastre negro de los días de trabajo.

En el interior de la cafetería el camarero sirve otra cerveza -bien fría por favor, afuera hace calor, ya era hora, este junio está tardando demasiado en dar paso al verano-. El señor que está solo lee un periódico viejo y no le importa, las noticias son parecidas a las de ayer y a las de anteayer, los políticos siguen con su letanía de desacuerdos de siempre, un nuevo éxodo, sesenta millones de refugiados recorren la tierra escapando de la miseria, seguimos matando en nombre de la religión y del hambre, estamos ante el tan anunciado cambio climático, Marte está más cerca. ¿Como recuperar el país si se marchan nuestros técnicos, nuestros científicos?

Su mirada ausente se llena de mariposas tristes que se instalan en su estómago y en su mente. Algo le atrapa; los signos de la ausencia se agolpan en el ambiente que se va volviendo azul y frío. Flota irreal su figura en el reflejo irisado del cristal de la cafetería. Cada vez se le hace más sordo y más lejano el sonido de la ciudad con su trasiego urbano sin alma. La gente se mezcla, se cruza, se topa, no se mira, no quiere tocarse. Los perros van atados, los niños van atados. Hay cientos de autobuses y coches y motos rugiendo en medio de una nube de gases que adormecen los sentidos con anhídrido carbónico letal pero que no matan. Se apoya en el cristal. Gira el azul gaseoso a su alrededor y se mezcla con la sombra negra de su angustia…

Siente despertar primero las yemas de los dedos de la mano izquierda. Identifica la seda de su ropa íntima sobre el terciopelo del sofá donde yace laciamente y se demora, ya consciente, en acariciar su piel con una leve pereza sensual. ¡De nuevo la vida…! Sobre sus párpados nota el empuje de la luz tibia de la tarde. Le llega el susurro de una música zen y el sonido del agua goteando en alguna parte. Le duelen las heridas de la espalda. Se ladea a duras penas, buscando en sus sentidos un cierto grado de clemencia, en vano. Descansa con su mirada aún somnolienta en la nuca plateada del hombre al que ama. Está sentado en el suelo, a su lado, leyendo un libro. Contempla sus manos de dedos largos. Recuerda… sus movimientos sabios y lentos, su fuerza y su ternura atrayéndola contra su cuerpo, sus brazos elevándola hasta el éxtasis en una danza salvaje de caderas y sangre discurriendo por los espejos ansiosos de la memoria. Él, de nuevo él…

-¡Cómo odiaba aquella forma intermitente de amarla!-

M.J.B.
Fotografía Malabarista Lunar. Flickr

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