Caos y Códigos

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El sol apretaba y me encontraba adormilada en el jardín, cobijada por una semi sombra complaciente, cuando se me cayó encima el libro que tenía entre las manos. Volví a la realidad reflexionando sobre el poder de las palabras.

Crecí entre libros. Fuí el mejor personaje de cada uno de los cuentos que caían en mis manos. Amé desde muy pronto con la inconsciente sensación de la pérdida o del triunfo, entregada a las hazañas de mis héroes favoritos. Me rebelaba contra las guerras aunque imaginaba entonces que la sangre era como en las películas: de mentiras. Odié con desesperación a los malvados, porque aparecían inevitablemente en cada historia que leía. Viví con pasión inocente los amores platónicos, los secretos, los imposibles… hasta los eternos. Aprendí las letras de mis canciones preferidas; incluso aprendí a leer su música. Conocí el significado de palabras como “sacrilegio” que tanto me inquietaba entonces.

Soy de las que rebusca entre las imágenes del recuerdo y del olvido porque hay algo dentro de mí que me invita a escribir; a salvar como de un naufragio las ideas que en su momento no tuvieron su oportunidad, su minuto de gloria, y siento que siguen ahí esperando su rescate. Debe de haber una especie de rincón oscuro en la mente de cada uno donde se aloja el saldo de la memoria, esas vivencias que dejaron un poso como de algo inacabado: una frase a medias, un abrazo vacío, una duda, minutos desperdiciados, un camino no elegido… Leer era para mí una forma sencilla de expresarme porque allí estaba escrito todo el contenido de mi pequeño cerebro. Descubrí palabras que hablaban de mis sentimientos, de mis emociones, de mis estados de ánimo. ¿Quién mejor que mis libros podían expresar mis ganas de  saltar de alegría sólo por la idea de vivir, o de llorar por la pena de perder a alguien querido?. Ellos habitaban mi mundo, eran mi conocimiento, mi poder. Sólo ellos podían interpretar mis sueños…: yo estudiaría idiomas distintos para entenderme con gentes de todas las razas en todos los países conocidos y desconocidos y sería embajadora de la paz (entonces pensaba que era posible). Sólo ellos. ¿Cómo de otra manera podría yo explicar mis ilusiones por pilotar helicópteros o navegar a vela por los mares vírgenes del mundo?. 

En los libros encontré las palabras precisas, claves para mi futuro…

Sigo manteniendo con la lectura una estrecha fusión. Comparto el vértigo que impulsa a la raza humana a buscar nuevos horizontes… un vértigo que también delata, que despierta denuncias y dispara palabras como dardos directos al punto dulce de las conciencias. ¡Cuánto valor, cuánta fuerza, cuánta imaginación, cuánto misterio está contenido en el lenguaje!

¿Qué había detrás de los signos de escritura más antigüos del mundo? 

Si el lenguaje fué concebido como un código, como la forma de expresión y de entendimiento entre los seres humanos, tengo que confesar que hemos convertido ésto en un caos. Tal y como lo concebimos hoy está demostrado que no sirve, que no es suficiente. No nos entendemos. Cuando inventamos el Lenguaje aparecieron los idiomas, los dialectos…, cuando inventamos la Religión cada pueblo escogió dioses distintos… y así hemos llegado hasta este confusionismo universal tan peligroso como poderoso. Si, hemos sido capaces de comunicar nuestra existencia, desde el inicio de los siglos, a través del conocimiento y de la memoria… Si, admitimos que la diversidad de lenguas -como expresión del pensamiento- aporta una riqueza incalculable que nos invita a la evolución…, ¿por qué siendo la palabra el mayor poder que tenemos los humanos la utilizamos como arma de destrucción masiva…?

En mis ensoñaciones me empeño a menudo en la búsqueda de un lenguaje perfecto, otros ya lo han intentado antes, sin embargo no quiero referirme a un nuevo orden mundial del que ya se ocupan maníqueamente las élites, sino a algo mucho más básico, más humilde y fundamental que procede de la raíz misma de la creación. ¿Por qué no dar cabida en nuestro sistema al lenguaje del Alma, ese mirar a otro ser humano a los ojos y comprender que, en el fondo, somos materia divina, polvo de estrellas pululando por el cosmos, sin idiomas ni fronteras, en el regazo de un Tiempo inconquistable?.

Desde la lucidez del sopor…, parece posible.

M.J.B.
Imagen Juriwish WP


 

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. gallegorey dice:

    El mayor poder que tenemos a día de hoy no es la palabra, sino saber cuando guardar silencio. 🙂 Buena entrada.

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    1. MJBeristain dice:

      Hay mucha generosidad en saber “escuchar”. Gracias por tu comentario. Un saludo

      Le gusta a 1 persona

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