El tambor

IMG_1363Si volviera a nacer sería Música


Estoy acordándome de tí con quince meses de vida, sentado en el suelo, en un espacio de cuatro baldosas en el centro de mi cocina. 

Jugaba contigo a los descubrimientos, por aquello de entretenerte un rato, y como pienso que la música es uno de los acontecimientos más importantes para el ser humano, te ofrecí una tapadera de cazuela de acero de veinticuatro centímetros de diámetro, -casi más grande que tú-, y una cuchara de madera. Me miraste perplejo, con esos ojos tuyos de interrogante, como esperando una respuesta. Se me ocurrió entonar la marcha de San Sebastián de Sarriegui animándote a pegar con la cuchara en el acero. No dudaste un instante, la casa se vino abajo cuando un huracán de notas estridentes estallaban contra el suelo de baldosa desencadenando un coro de ruidos y risas que arrebataban tu ilusión.

De vez en cuando dejabas la cuchara de madera y levantabas tus brazos tan alto que tus manos conseguían posarse sobre tu cabeza, tu cara era de triunfo.

Y retomabas el ritmo que marcaba la alegría de tus ojos y brillabas desde el fondo de tu inocencia. Yo descubría ahí, en tu mirada, un camino nuevo como un prodigio al que asomarme contigo.

Movías tu pequeño cuerpo con un vaivén rítmico y entusiasmado mientras golpeabas con furia aquel instrumento improvisado. No sabías de qué iba el juego que estábamos inventando, tampoco podías pronunciar su nombre, aunque lo intentabas imitando el movimiento de mis labios a la vez que yo te repetía divertida la palabra Tambor. Todo lo que salía de tu boca retumbando engorrosamente con tu lengua de trapo era algo parecido a Amor… o por lo menos yo, emocionada, lo interpretaba así.

Una y mil veces, mientras yo tarareaba la marcha de San Sebastián y tú aporreabas aquella tapadera, sentados los dos en el suelo, sentí la grandeza de la ternura. El amor que farfullabas era como un timbal de vida, tu alegría era la música sucediéndose y salpicando de gozo aquél momento como un jolgorio de pájaros al amanecer o como un arroyo de agua clara en primavera. Yo dejaba que aquella marea de ritmo y ruido me abriera paso a tu pureza y besaba tus pestañas, tu cuello, tus manos pequeñas, -que no sabías dominar todavía- y nos rendíamos agotados en un abrazo.

Alguien preguntó por el secreto de nuestra música.

Tú eras la Armonía. No había más música, ni instrumento más dulce, ni percusión más amorosa. Todas las melodías estaban en tí cuando me mirabas con tu dedito índice señalándome, como buscando una confirmación o una razón para continuar con aquél concierto que celebrábamos en círculos de amor inagotable.

M.J.B.


 

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Qué bello texto, el encuentro de una madre y su hijo con la mùsica. Escrito con maestría abzos y rosas

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    1. mjberistain dice:

      Me agrada mucho que te guste Rubén… abrazos y rosas también para tí. Gracias por tu comentario.

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