Invernaderos

Siempre he adorado los invernaderos. A lo largo de mi vida he comprado cientos de revistas de decoración de exteriores con casas de campo rústicas o con encanto, caserones, caseríos o pètits chateaux rustiques, ¡qué más me daba!

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Imaginaba la vida en un paraje de ensueño, en mitad del campo, cerca del mar, con una temperatura más o menos estable a lo largo de todo el año… Pero lo que no me imaginaba era que el invernadero -tan lúdico él, al fondo del jardín- iba a resultar algo tan disparatadamente distinto a lo que imaginaba en mis sueños. Como una casita de muñecas de cristales transparentes, con su mesa y sus sillas, con sus estanterías engalanadas de tiestos de barro cocido de donde colgaban las surfinias moradas y rosas, la planta del dinero, las begonias, las campanillas lilas, las gitanillas, el tomillo, la verbena…

Nadie me habló en aquella época de la tierra mojada que se desparramaba al regarlas cada día, de las herramientas de poda, de la carretilla, de la azada, del pico y la pala, de los envases sueltos que se guardan por si algún día sirven para algo; de los venenitos, de los fungicidas, de los abonos, de las arañas que son como de la familia y de sus telares que engalanan invisibles las esquinas y se topan contigo y se te enredan en las pestañas cuando entras al invernadero cada mañana…

Pero sigo adorando los invernaderos, especialmente los que salen en las revistas de decoración de las Casas de Campo.

 


3 thoughts on “Invernaderos

  1. Me gusta una versión menos jardinera y más acogedora: esos porches acristalados que se ven en Irlanda y, supongo, en otros lugares del norte, en los que es posible sentarse al calor de una estufa, con una taza de café o te en las manos, rodeado de algunas macetas; un porche pequeño, en el que apenas caben dos sillas de mimbre, una mesa junto a la que sentarse a leer, a ver pasar a los vecinos, caer la lluvia, aprovechar el exiguo sol de invierno o a charlar en una grata compañía.

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    1. Santiago. Estando totalmente de acuerdo contigo, en aquella ocasión buscaba, sin embargo, un espacio bello pero práctico de trabajo y almacenamiento. El cafelito lo tomaríamos en el porche charlando y viendo caer el sirimiri del norte. Por cierto tengo que decirte que disfruto mucho deambulando por tu blog. Gracias por compartir tus páginas. Un abrazo.

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